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viernes, 12 de julio de 2019

El hombre invisible


Creo que no soy un superhéroe porque no vuelo excepto con la imaginación, mi única fuerza es la de voluntad, no lucho contra el mal, solo contra el hambre y el frío.
Pero sí tengo un superpoder: soy invisible. Soy capaz de cruzar la ciudad sin que nadie me vea, de estar toda la mañana con la mano abierta sin que noten mi presencia y lo más difícil: puedo hablar sin ser oído.
A veces me pregunto si de verdad soy invisible o si el mundo está ciego. Sácame de la duda: ¿Tú me ves?

Elena Bethencourt

Relato ganador del V Concurso "La pobreza en cien palabras" de EAPN España.(Julio 2019)




Oro amarillo

Relato escrito para Esta noche te cuento, inspirado en el color amarillo.
Cuando tuvimos que irnos de nuestra isla natal, echábamos tanto de menos la playa que, para devolvernos algo del paraíso perdido, papá cubrió de arena el jardín de nuestra nueva casa. Allí pasábamos las horas haciendo castillos y soñando mareas.
Una mañana encontramos las primeras conchas y apareció el primer rayo de sol. El mar no se hizo esperar y llegó con su brisa, olas y peces. Construimos un pequeño muelle con rocas y, mientras mamá se zambullía en el agua, papá pasaba las horas pescando y nosotros saltábamos de charco en charco.
Nuestro hogar era el único que gozaba de sol todo el año. El rumor sobre nuestra playa dorada se propagó y empezaron a venir vecinos primero y visitantes de todo el país después.
Fue entonces cuando aparecieron las autoridades con una orden de demolición alegando que nuestra casa estaba demasiado cerca del agua. Fuimos desalojados para construir hoteles de cinco estrellas. Detrás llegaron agencias, bares, tiendas, más turistas y campos de golf.
Cuando los sueños ajenos volvieron a adueñarse de la orilla, otros niños ocuparon nuestros charcos y otras toallas reservaron nuestra arena, zarpamos tierra adentro hacia otro mar.


lunes, 8 de julio de 2019

Corazoncito (Finalista anual de Relatos en Cadena)

Era lo único que podíamos hacer por él, dadas las circunstancias. Sus padres se habían comprado un libro para enseñarle a dormir con un método infalible y llevaban noches dejándole llorar. Primero cinco minutos, luego diez y así hasta que aprendiera a dormir solo.
Una noche el niño sollozó y sollozó. Papá no vino, mamá tampoco. Lloró más y más fuerte. Finalmente, se hizo el silencio, pero solo porque yo mismo salí de debajo de la cama y me lo llevé con mi familia al inframundo. Para que luego digan que los monstruos somos nosotros.

domingo, 2 de junio de 2019

ADRENALINA

RELATO FINALISTA DE NOVIEMBRE 2018 LA MICROBIBLIOTECA 


Las imágenes se suceden a toda velocidad. En el balcón de la cuarta planta sus cinco amigos beben alcohol. En la tercera cuatro niños saltan sobre el sofá. En la segunda tres turistas comprueban los datos del vuelo. En la primera dos amantes caen rendidos. En el vestíbulo la belleza de la camarera impacta al recepcionista. En la piscina no hay nadie. El agua está fría, quizás, pero por veinte centímetros ya no importa.


Elena Bethencourt





miércoles, 29 de mayo de 2019

De tal palo



Yo nací a la edad de veintiséis años. Sí lo sé, soy un caso atípico. Seguro que cualquiera de ustedes nació siendo bebé. Mi madre, como todas las madres, me miró al verme abrir los ojitos y de la emoción rompió a llorar. Era muy grande, enorme, y la pobre no esperaba tener que lidiar con un hijo de ese tamaño, pero nunca me lo reprochó. No podía acunarme como es debido, aun así pasaba las noches enteras abrazada a mí para que no me faltara el calor. Dice que yo me la quedaba mirando y con eso nada más, le hacía saber lo que quería. ¡Qué loquita, mi madre! ¡Pero si en el fondo era solo un bebé!
Al cabo de un año di mis primeros pasos. Me costó porque con ese cuerpo tan desmadejado perdía el equilibrio todo el rato y pasaba más tiempo en el suelo que en pie. Una vez que conseguí andar no paré, pasaba las horas yendo del sofá a la cama, de la cama a la mesa y recorriendo la casa de pared en pared. Ya no quise volver a sentarme nunca más y de hecho, desde entonces, no he dejado de correr.
Unos meses después empecé a decir mis primeras palabras. Seguramente me imaginaba la ilusión que sería para ella que la nombrara primero, así que dije bien alto y claro: “Mamá”. Me abrazó y se quedó mirándome embobada con esa forma tierna que solo sale cuando el amor es de verdad.
Con el tiempo aprendí un tropel de palabras. Y las soltaba sin mucho sentido aquí y allá. Me costó años. Los vecinos compadecían a mamá, yo ya tenía edad para hablar perfectamente, pero no se me entendía nada. Ella no les echaba cuenta, les sonreía y luego me enseñaba un libro con dibujos. Pronunciaba lentamente cada sílaba mil veces, vocalizando. Yo repetía como un loro: po-llo, mo-no, fe-o, li-bro y así hasta el infinito. Luego con el dinero que tenía ahorrado, me mandó a una escuela muy cara para que me enseñaran a leer, escribir, sumar, restar y todas esas cosas que la gente ya sabía a mi edad.
Y ustedes se preguntarán que dónde está la historia de superación y a lo mejor creen incluso que es la mía, pero se equivocan, la valiente fue mi madre, que con su santa paciencia me sacó adelante dos veces: la primera, el día que me dio a luz y la segunda, veintiséis años después, cuando abrí los ojos tras el accidente, y como ella dice, volví a nacer.

domingo, 26 de mayo de 2019

La letra con amor

Segundo premio en el VIII Concurso de Microrrelatos "Ciudad de Trujillo"

      


      Nunca había aprendido tanto en clase como aquel año en que la profesora de inglés vino inexplicablemente renovada de las vacaciones de verano. Su felicidad planeaba como un avión de papel por el aula y a nosotros se nos pasaban las horas volando.
      Para los Listenings oíamos canciones románticas. Para Speaking representábamos a Romeo y Julieta, en Reading teníamos que leer la historia de grandes parejas de todos los tiempos, desde Marco Antonio y Cleopatra hasta John Lennon y Yoko Ono y en los Writings escribíamos cartas de amor.
      Pero una mañana la profesora se quedó inmóvil en la pizarra con el rotulador en la mano. Después de un rato, con un sollozo contenido, nos explicó en sólo quince minutos el genitivo sajón, los verbos con preposición, las frases condicionales y la voz pasiva. Luego llenó la pizarra con palabras para traducir al inglés: bombardeo, terremoto, erupción volcánica, ciclón, huracán y armas de destrucción masiva. Seguimos su mirada perdida a través del ventanal que daba al patio. Vimos al profesor de alemán de la mano con la secretaria del Centro y en ese momento supimos que sin amor ya no íbamos a aprender nada.


Elena Bethencourt


sábado, 25 de mayo de 2019

EL MUNDO ES...



Mamá plancha el mundo, lo dobla y me mete en él. Papá lo extiende conmigo dentro. Con amor y unos pliegues le hace tres piquitos y lo deja asomando del bolsillo de su chaqueta. Así yo paso el día cruzando continentes y océanos de punta a punta. 



viernes, 17 de mayo de 2019

MALAS ELECCIONES

Relato finalista Abogacía Española
MES: Mayo 2019
PALABRAS obligadas: mensaje, urna, comunicar, competencia, análisis


Todo lo hice por amor, señoría. Me enamoré de mi vecina, pero una mujer tan guapa tiene mil pretendientes, la competencia es dura y yo soy muy tímido. Mi única opción era ponérselo por escrito. Así que le escribí una nota, la metí en el sobre sepia del Senado y me dirigí a mi mesa electoral donde ella era presidenta. Lo introduje en la urna y me fui a casa a fantasear con la cara que pondría al encontrar mi mensaje durante el recuento de las papeletas. Le parecería tan tierno que se intentaría comunicar conmigo esa misma noche, seguro. O quizás no. Igual me odiaría por ponerla en ridículo. Me entró el pánico, ansiedad, no sé… Podía haber hecho un análisis mejor de las consecuencias, pero me cegué, señoría, entré en el colegio electoral justo antes de las ocho de la tarde, cogí la urna y eché a correr.

CARRETAS


Texto seleccionado en Entcerrados de Esta noche te cuento
Frase obligada de inicio: Quizá ocurra mañana
Frase obligada de final: Y así una y otra vez. 
100 palabras sin contar las frases.

“Quizá ocurra mañana”, me repetía a mí misma para consolarme. Tampoco pedía demasiado: algo estándar, ni mucho, ni poco. 
Desde que empezó a gustarme Josema abandoné las muñecas y no pensaba en otra cosa. Mi abuela, que no sabía para qué las quería, me dijo que en su época mi problema se solucionaba comiendo almendras. Con mi santa paciencia las arrancaba del árbol, las secaba, las cascaba y me zampaba medio kilo de un tirón. 
Luego, con dedos esperanzados, recorría la planicie bajo mi camiseta buscando alguna protuberancia, pero seguía siendo la misma tabla de planchar de siempre. Vuelta al almendro… Y así una y otra vez.

miércoles, 10 de abril de 2019

LA VIDA DE LA MUERTE



      Cuando llegó la Muerte a buscar a mamá, estaba plantando trigo y se negó a acompañarla. Sorprendida ante una mujer tan tozuda, se arremangó el vestido y sembró también.
          Cuando volvió, el trigo estaba muy alto, jugamos a escondernos entre las frondosas hojas y la vimos correr descalza por la hierba.

          La tercera vez nos encontró segando. Mamá le suplicó que esperara a tener harina para los niños. Cogió la guadaña y ayudó en la siega. Participó en la trilla y llevó el grano al molino.
           Mamá ya no tenía excusas, le dijo a la Muerte que viniera a buscarla a medianoche y en agradecimiento por su paciencia le dio un saco de harina. A las doce nos sentamos en el porche a esperarla pero no volvió. 

Dicen que a veces la ven pasar cantando, embadurnada de harina y que todo el campo huele a pan.

Elena Bethencourt

(Relato publicado en el libro "Claroscuros" de Entc)