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sábado, 17 de octubre de 2020

La sed de la tierra



Don Benito no se explica cómo a su yerno, después de quitar varas de las vides toda la jornada, aún le quedan ganas de recorrer el cuerpo de la viuda Isabel.

Tampoco entiende cómo a ella, tras bajar hasta el fondo del barranco a por agua o a lavar la ropa de sus tres niños —cansada de la siega, la trilla o la molienda— todavía le apetezca que un hombre casado le dé placer.

No hay trozo de finca donde su hija no haya llorado su pena. Tampoco hay vereda ni plaza ni abrevadero donde no se hable de los pechos redondos como eras de la viuda Isabel. De la brillante melena que resbala y los cubre al quitarse el pañuelo negro de la cabeza. De un surco que te traga como si el amor fuera una semilla y tú el único hombre que entiende de siembra...

No, don Benito no puede permitir esta ofensa. Todo el pueblo lo sabe: el marido de su hija es infiel. Por eso le ha mandado venir y le ha ordenado que cuide de su esposa que para eso se casó con ella. Que le haga hijos que hereden, que quiere disfrutar de sus nietos antes de que la vejez lo sorprenda. Lo ha amenazado con quitarle las tierras y la vida si lo ve acercarse de nuevo a la casa de esa mujer. 

Se encargará en persona de vigilarlo y, para ello, cada tarde acecha el callejón de la viuda Isabel. Comprueba con sus propios ojos que su yerno lleva semanas sin visitarla: por fin ha entendido el mensaje y no volverá a las andadas. 

Entonces llama a la puerta de la viuda y entra él.




Elena Bethencourt Rodríguez

3 comentarios:

  1. Mira tú Don Benito, lo que quería era eliminar a la competencia. A ver qué cosechas, que está muy bien labrado ;-)

    PD. algo hice mal en el anterior comentario. Se borró

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  2. Vaya sorpresa final!
    Felicidades por el premio.

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